"Aquí no necesitamos psiquiatras ni divanes. Aquí tenemos armas automáticas... Eso sí es una buena terapia...", explica ante la cámara uno de los organizadores del Festival de la Metralleta de Knob Creek, en Kentucky.
En este rincón de Estados Unidos, niños de cuatro años disparan con las armas de sus padres para familiarizarse muy pronto con el olor a pólvora. El reportero Jon Sistiaga ha viajado al corazón de la América más profunda, la heredera de la tradición y las esencias, para mostrar el negocio de las armas en Estados Unidos.
El documento ¡Papi, cómprame un Kaláshnikov!, que ofrece esta noche Cuatro (23.05), pretende retratar el mundo de los defensores de armas, poderoso lobby que se niega a que el Gobierno cambie la segunda enmienda de la Constitución, que les garantiza el derecho a poseer armas.
"Los niños tienen que empezar muy jóvenes a disparar", señalan en el reportaje padres orgullosos de que sus críos manejen ya con soltura revólveres o subfusiles. Sistiaga, que ha visto muchas veces escenas parecidas en Afganistán, Irak o Palestina, se queda estupefacto al comprobar que los niños saben disparar un M-16 o montar y desmontar una UZI israelí. Muchos han escrito su carta a Santa Claus pidiéndole la última versión del Kaláshnikov. Y Santa Claus no pone reparos y se lo trae.
"Las armas no matan, matan las personas... También se puede matar con un martillo...", repiten los entrevistados. Para ellos no es relevante que todos los años mueran en EE UU 11.000 personas por armas de fuego. Tres veces la cifra de soldados fallecidos en Irak desde el inicio de la guerra. Lo que les importa es que el precio de las balas ha subido desde entonces un 300%.
Para esta gente, las matanzas periódicas que ocurren en institutos o universidades son sólo pequeños accidentes que se evitarían si en esos lugares hubiera profesores o estudiantes armados que hicieran frente al agresor... Que es ahí donde está el problema, en la falta de defensa, no en la existencia de las armas...
El fácil acceso a alta tecnología armamentística, conjugado con una ideología radical, da como resultado la proliferación de organizaciones paramilitares de ultraderecha. El Festival de la Metralleta se celebra en un idílico condado donde, casualidad, se encuentra el cuartel general del Ku Klux Klan, institución racista de infausto recuerdo que todavía existe.
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